Bugonia, de Yorgos Lanthimos, y la música que nació sin haber visto una sola imagen Hay bandas sonoras que se componen mirando la película fotograma a fotograma, ajustando cada nota al gesto exacto de un actor. Y luego está lo que hizo Jerskin Fendrix con Bugonia: componer una hora de música sin haber leído el guion ni visto un solo minuto de metraje. Lanthimos, con quien ya había trabajado en Poor Things y Kinds of Kindness, le dio en 2023 solo tres palabras —abejas, sótano, nave espacial— y un año de plazo. Nada más.
Lo notable es que esa música, compuesta a ciegas, termina sosteniendo exactamente lo que la trama necesita: un equilibrio entre la posibilidad de que estos dos hombres estén completamente perdidos en su propio delirio, y la posibilidad de que, en el fondo, estén intentando evitar un apocalipsis real. La orquesta no elige un bando. Suena grandiosa cuando el delirio parece profecía, y suena grotesca cuando el delirio parece solo eso: delirio. Nunca resuelve la duda por el espectador. La sostiene. Ver Bugonia sin conocer esta historia de producción ya es una experiencia intensa. Sabiendo que la música nació de tres palabras sueltas, sin imagen ni guión, se vuelve algo más: una prueba de que a veces la interpretación más certera de una historia no viene de conocerla a fondo, sino de imaginarla desde absolutamente nada, con la misma fe ciega —y la misma obsesión— que mueve a sus propios personajes.