De día quiero al Raval con una intensidad que no sé explicarle a nadie que no viva aquí. Es el barrio más vivo que conozco: la luz entra distinto entre los edificios apretados, la ropa tendida cuelga de balcón a balcón como banderas de un país que no existe en ningún mapa, y los árboles frente a mi ventana se mecen igual que se mecían los de mi calle, en mi tierra, hace ya varios años. Llegué aquí siendo migrante, y sentí algo parecido a reconocerme: un barrio hecho, literalmente, de gente que vino de otro lado. Con el tiempo, el barrio me fue dando sus propios imprescindibles, los que uso de verdad, no los que recomendaría a alguien de paso.