23 de agosto de 2026

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La banda sonora que se escribió a ciegas

Cine

Karol

Bugonia, de Yorgos Lanthimos, y la música que nació sin haber visto una sola imagen Hay bandas sonoras que se componen mirando la película fotograma a fotograma, ajustando cada nota al gesto exacto de un actor. Y luego está lo que hizo Jerskin Fendrix con Bugonia: componer una hora de música sin haber leído el guion ni visto un solo minuto de metraje. Lanthimos, con quien ya había trabajado en Poor Things y Kinds of Kindness, le dio en 2023 solo tres palabras —abejas, sótano, nave espacial— y un año de plazo. Nada más. 

dejando que los instrumentos de viento "se rompieran" o sonaran forzados — errores deliberados, convertidos en textura, para que el sonido cargara la misma disonancia que sienten los personajes

Bugonia cuenta la historia de dos hombres obsesionados con teorías conspirativas que secuestran a una poderosa directora de empresa, convencidos de que es una alienígena enviada a destruir la Tierra. Es una película que vive exactamente en el filo entre el delirio y la posibilidad de que el delirio tenga razón —y ese filo es, casi literalmente, lo que Fendrix tuvo que componer sin saberlo. Investigó las tres palabras por su cuenta, durante meses, sin más contexto que su propia imaginación tratando de adivinar qué película podía nacer de «abejas, sótano, nave espacial». El resultado es una partitura grabada con una orquesta de 90 músicos, todos tocando juntos en la misma sala, sin pistas separadas que le dieran más protagonismo artificial a ningún instrumento. Fendrix no buscaba precisión: buscaba fractura. Pidió a los músicos de la London Contemporary Orchestra que tocaran fuera de su registro habitual, dejando que los instrumentos de viento «se rompieran» o sonaran forzados — errores deliberados, convertidos en textura, para que el sonido cargara la misma disonancia que sienten los personajes con la cabeza llena de teorías que no pueden probar ni descartar.

un equilibrio entre la posibilidad de que estos dos hombres estén completamente perdidos en su propio delirio

Lo notable es que esa música, compuesta a ciegas, termina sosteniendo exactamente lo que la trama necesita: un equilibrio entre la posibilidad de que estos dos hombres estén completamente perdidos en su propio delirio, y la posibilidad de que, en el fondo, estén intentando evitar un apocalipsis real. La orquesta no elige un bando. Suena grandiosa cuando el delirio parece profecía, y suena grotesca cuando el delirio parece solo eso: delirio. Nunca resuelve la duda por el espectador. La sostiene. Ver Bugonia sin conocer esta historia de producción ya es una experiencia intensa. Sabiendo que la música nació de tres palabras sueltas, sin imagen ni guión, se vuelve algo más: una prueba de que a veces la interpretación más certera de una historia no viene de conocerla a fondo, sino de imaginarla desde absolutamente nada, con la misma fe ciega —y la misma obsesión— que mueve a sus propios personajes.