23 de agosto de 2026

Field Notes

La disonancia como idioma

Música

Karol

Crónica de una noche con el colectivo Jokkoo

Jokkoo nació precisamente de la falta de representación de las narrativas musicales del continente africano y su diáspora en los circuitos europeos, y ese origen migrante no es un dato biográfico de fondo, es la estructura misma de lo que están construyendo.

Llego a la sala sin saber muy bien qué esperar, y esa es probablemente la mejor forma de llegar a un evento de Jokkoo. El colectivo —nacido hace seis años en Barcelona, formado por Baba Sy, Maguette Dieng, Oscar Taylor, Nicolas Beliot, Ismäel N’diaye y Miriam Camara— no monta un concierto convencional. Monta un cruce: entre el club y la investigación sonora, entre el continente africano y su diáspora, entre lo festivo y lo político. Lo primero que se nota, antes incluso de que empiece a sonar la música, es lo visual. No hay nada de la estética uniforme que suele acompañar a una noche de club en esta ciudad: hay proyecciones que parecen archivo y futuro a la vez, texturas que no encajan en ningún estilo reconocible de un solo golpe, una propuesta que se siente construida desde varios lugares distintos a la vez, no desde uno solo. Tiene sentido: Jokkoo nació precisamente de la falta de representación de las narrativas musicales del continente africano y su diáspora en los circuitos europeos, y ese origen migrante no es un dato biográfico de fondo, es la estructura misma de lo que están construyendo.

Se migra a golpes, con fricción, cargando un sonido de un lugar dentro de otro lugar que todavía no sabe muy bien qué hacer con él.

Y eso se nota, sobre todo, en cómo mezclan. No hay aquí la fluidez perfecta y sin costuras que uno espera de un DJ set convencional, esa transición imperceptible de una canción a otra que borra el punto exacto donde termina una cosa y empieza otra. Jokkoo mezcla distinto: los cortes se sienten, los géneros chocan antes de encontrarse, hay segundos de disonancia real donde dos mundos sonoros conviven sin haberse puesto todavía de acuerdo. Al principio pensé que era una elección estética más. Con el tiempo, bailando, entendí que se parece más a otra cosa: a cómo se siente migrar. Nadie migra con una transición suave. Se migra a golpes, con fricción, cargando un sonido de un lugar dentro de otro lugar que todavía no sabe muy bien qué hacer con él. La disonancia no es un error de mezcla. Es la traducción más honesta que he escuchado nunca de lo que significa habitar dos raíces a la vez. Antes de que la noche avance del todo, alguien explica el nombre del colectivo. Jokkoo es una palabra en wolof, y según ha contado Babasy en otras ocasiones, significa tener una conexión con alguien, entenderse, incluso cuando hay desacuerdo de por medio. Esa idea se queda pegada al resto de la noche, y de pronto tiene más sentido todavía: la conexión no está en que todo suene igual o encaje sin fricción, está en decidir quedarse en la misma pista aunque las cosas no siempre calcen perfectamente entre sí.

El colectivo ha llevado esta propuesta a salas de baile como Razzmatazz o Apolo, y también a instituciones como el MACBA, el Museo Reina Sofía o La Casa Encendida, moviéndose sin fricción entre el club y el museo —esa frontera sí la cruzan con suavidad, como si no les aplicara—. Esta noche se siente exactamente así: hay algo de rave, pero también hay algo de ritual, de conversación colectiva que ocurre a través del cuerpo antes que de la palabra. Bailo sin conocer los nombres de la mitad de las canciones, dejándome llevar por esos cortes que ya no me sorprenden, que empiezo a esperar como quien espera el siguiente giro de una historia que no controla del todo. Salgo de la sala más tarde de lo planeado, con la sensación clara de haber estado, durante un par de horas, dentro de una conversación mucho más grande que cualquiera que hubiera podido tener con palabras —una conversación que, como toda migración, no necesitaba sonar perfecta para sonar verdadera.