Leer la Odisea en tiempos iletrados (1): El cine teme a Homero
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Para mi decimoquinto cumpleaños mi padre me había prometido un «regalo que te va a gustar» y yo sospechaba que sería un libro, porque los regalos de mi padre siempre eran libros.
era para mí como la perla de Labuán —aunque ella ignoraba mi existencia—, y la Aguja, que le había devuelto a mi primo un beso en los labios.
En lo que se refiere a esos extraños animales, parecidos a ladrillos, con tapas de pasta y cuerpo de papel, yo era un depredador voraz y omnívoro. Devoraba todo lo que caía en mis manos y lo hacía sin contemplaciones, a toda velocidad. Mi capacidad lectora tenía un origen muy claro. Ser hijo de marino y cambiar de ciudad cada pocos años me había condenado a una soledad que mi familia numerosa no acababa de mitigar: al ser el mayor, estaba un poco por delante en edad de las dos chicas que me seguían y a años luz, en la escala de la infancia, de los otros tres chicos. Con pocos amigos y sin móviles, las opciones eran muy reducidas. Mi padre resolvió la situación cuando empezó a comprarme todos los domingos un tebeo (las aventuras del Capitán Trueno) y un libro de la maravillosa colección «Historias Selección». De ahí pasé a Emilio Salgari, Julio Verne y Mark Twain, sin despreciar las novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía y las novelitas de ciencia ficción que escribían autores como Joe Mogar, a quienes yo suponía gringos y que resultaron ser tan españoles como yo.
A los quince años campeaba por la biblioteca de mi padre —aquellas bibliotecas de la humilde y pluriempleada clase media española de los setenta, donde no faltaban las enciclopedias que se pagaban a plazos ni los libros, muy buenos en su mayoría, que el Círculo de Lectores enviaba cada mes— como Atila por el decadente Imperio romano. Solo que la biblioteca de mi padre no era decadente, sino la cueva del tesoro. Los veranos de mi adolescencia se comprimían, como una nave a la velocidad de la luz, en mañanas de playa y tardes tórridas que abarcaban las dos horas de siesta canónica y dos o tres de propina antes de que cediera la canícula. Leer cuatro o cinco horas al día daba para merendarse dos novelas a la semana. A veces mi primo Pedro me llevaba al cine descubierto y veíamos películas que nos interesaban bastante menos que echarnos un Marlboro —robado a mi madre— a escondidas o rondar en elipses concéntricas en torno a Toñi, que era para mí como la perla de Labuán —aunque ella ignoraba mi existencia—, y la Aguja, que le había devuelto a mi primo un beso en los labios.