De día quiero al Raval con una intensidad que no sé explicarle a nadie que no viva aquí. Es el barrio más vivo que conozco: la luz entra distinto entre los edificios apretados, la ropa tendida cuelga de balcón a balcón como banderas de un país que no existe en ningún mapa, y los árboles frente a mi ventana se mecen igual que se mecían los de mi calle, en mi tierra, hace ya varios años. Llegué aquí siendo migrante, y sentí algo parecido a reconocerme: un barrio hecho, literalmente, de gente que vino de otro lado. Con el tiempo, el barrio me fue dando sus propios imprescindibles, los que uso de verdad, no los que recomendaría a alguien de paso.
Susanna Kaysen tenía dieciocho años cuando un psiquiatra al que apenas conocía decidió, tras una sola sesión, que debía ingresar en el Hospital McLean de Massachusetts. Corría 1967. Pasaría ahí los siguientes dieciocho meses. Décadas después, convertiría esa experiencia en Inocencia interrumpida, uno de los relatos en primera persona sobre enfermedad mental más leídos de la literatura estadounidense —y uno de los ejemplos más incómodos de cuánto puede pesar una etiqueta que, técnicamente, todavía no existía del todo.