Susanna Kaysen tenía dieciocho años cuando un psiquiatra al que apenas conocía decidió, tras una sola sesión, que debía ingresar en el Hospital McLean de Massachusetts. Corría 1967. Pasaría ahí los siguientes dieciocho meses. Décadas después, convertiría esa experiencia en Inocencia interrumpida, uno de los relatos en primera persona sobre enfermedad mental más leídos de la literatura estadounidense —y uno de los ejemplos más incómodos de cuánto puede pesar una etiqueta que, técnicamente, todavía no existía del todo.
Uno de los gestos más lúcidos del libro es que Kaysen, insatisfecha con el vocabulario clínico que le habían impuesto, termina inventando el suyo propio. Describe la locura como si tuviera solo dos variedades básicas: lenta y rápida. La variante lenta la llama «viscosa» —las percepciones se espesan, el tiempo gotea a través de un filtro atascado—. La variante rápida es «velocidad» —el cuerpo se acelera, hay demasiada percepción entrando a la vez, un exceso de pensamientos sobre las complejidades de cada gesto simple—. Ninguno de esos dos términos aparece en ningún manual diagnóstico. Y sin embargo, describen la experiencia interna de la enfermedad con una precisión que las etiquetas clínicas —depresión, catatonia, manía, ansiedad— rara vez logran transmitir. Es como si el libro entero fuera, en el fondo, un intento de reescribir el diccionario psiquiátrico desde dentro de la experiencia, no desde fuera de ella. Esa imprecisión de las categorías se vuelve más evidente todavía al mirar a las otras pacientes del ala. Daisy, una joven que se internaba de forma intermitente cada temporada, mostraba señales de un malestar profundo —obsesiones alimentarias, una relación con su padre que las otras pacientes sospechaban abusiva—, y aun así entraba y salía del hospital en estancias cortas, hasta que finalmente murió por su propia mano, el día de su cumpleaños, fuera ya de la institución. Kaysen, en cambio, permaneció internada casi dos años completos, pese a ocupar un punto muy distinto del espectro de gravedad. El mismo sistema diagnóstico, aplicado con el mismo lenguaje impreciso de la época, producía decisiones de tratamiento radicalmente distintas para dolores que, vistos hoy, pedían respuestas muy diferentes entre sí.
Michel Foucault dedicó buena parte de su obra a mostrar que clasificar la locura nunca fue un gesto neutral: cada época construye su propio sistema de nombrar lo que considera anormal, y ese sistema dice tanto del poder médico que lo redacta como de quien queda encerrado bajo su etiqueta. Leído junto a Kaysen, el argumento de Foucault deja de ser abstracto: se vuelve el DSM-I de 1967, un manual incapaz todavía de nombrar lo que le estaba pasando a esta joven, y sin embargo suficiente, en ese momento, para encerrarla dieciocho meses. Leído hoy, el libro funciona casi como una radiografía en time-lapse de cómo cambió —y cuánto no cambió— la psiquiatría. El propio diagnóstico de trastorno límite, que en 1967 se aplicaba con la seguridad de un hecho médico incuestionable, hoy genera controversia dentro de la propia disciplina: psicólogas progresistas y feministas prefieren, en muchos casos, hablar de «trauma complejo» en lugar de «trastorno límite de la personalidad».
Le pusieron nombre a algo que la psiquiatría de su época todavía no sabía nombrar del todo.
Hoy tenemos, en comparación, un vocabulario clínico extraordinariamente más matizado: manuales diagnósticos revisados edición tras edición, criterios específicos y consensuados, protocolos de consentimiento informado, terapias con evidencia acumulada durante décadas. Pero el libro de Kaysen deja una pregunta incómoda flotando, que ningún manual nuevo resuelve del todo: cuánto de lo que hoy llamamos diagnóstico certero seguirá pareciendo, dentro de cincuenta años, tan provisional y tan cargado de época como el DSM-I les parece a los psiquiatras de ahora. Etiquetar el sufrimiento nunca ha sido un acto neutral. Fue político en 1967, cuando una joven «difícil» podía terminar institucionalizada por resistirse a encajar. Y probablemente sigue siéndolo hoy, solo que con palabras distintas.