Recuerdo el meme exacto. Una tipografía blanca sobre fondo negro, un chiste sobre responder «jaja no pasa nada» cuando algo sí había pasado, y sí importaba. Lo vi a las dos de la madrugada, sin poder dormir, con esa luz azul de pantalla que ya conozco de memoria. Me reí, sola, en la cama. Y un segundo después sentí algo parecido a que me hubieran quitado el aire: acababan de describirme con una precisión que ni yo misma me había dado nunca. No fue una sesión de terapia la que me lo señaló primero. Fue un desconocido con mala tipografía, en algún rincón de internet, que sin saberlo escribió sobre mí.
Brené Brown, que lleva más de dos décadas investigando la vergüenza, ha descrito la vulnerabilidad como algo subversivo, incómodo, a veces incluso peligroso. Creo que esa es exactamente la razón por la que el meme funciona donde la terapia formal a veces no llega primero: baja el riesgo de esa exposición. Reírme antes de reconocerme me da un escudo de un segundo, suficiente para bajar la guardia sin sentir que salto al vacío directamente. Lo que más me conmueve, mirando esto en retrospectiva, es cuánto se parece esto a cómo se habla del dolor en muchas familias: entre risas, casi de pasada, nunca de frente. Crecemos, muchas, escuchando el dolor disfrazado de chiste, y de adultas nos reconocemos haciendo lo mismo frente a una pantalla, riéndonos primero para poder sentir después. Quizás por eso el meme funciona con tanta facilidad para tantas personas a la vez: habla ese idioma emocional heredado, solo que esta vez el chiste no es para esconder el dolor, sino para poder finalmente mirarlo. No fue instantáneo ni limpio. Compartir un meme y sentir ese golpe de reconocimiento no resolvió nada por sí solo —esa parte tuve que hacerla después, más despacio, sin la protección de la risa—. Pero sí fue el primer empujón, la primera vez que algo dentro de mí dijo «esto tiene nombre, y no eres la única a quien le pasa». Jung decía que lo que negamos nos somete, y lo que aceptamos nos transforma, y creo que ahí está, en el fondo, el motivo por el que un meme puede doler y sanar al mismo tiempo: es un espejo pequeño que te obliga, sin pedir permiso, a mirar una sombra que llevabas tiempo evitando.
Audre Lorde escribió que cuidar de sí misma no era autoindulgencia, sino autoconservación, y a veces pienso que reconocerse en un meme, por ridículo que suene, es una versión diminuta de ese mismo gesto: una manera de decir, aunque sea en broma, que una merece ser vista. Sigo guardando capturas de pantalla de memes que me describen sin que yo se lo pida. Es mi forma actual de subrayar un libro que nunca terminé de leer sobre mí misma. Cada uno es una frase que antes no tenía, prestada de un desconocido, pero mía ya para siempre.