Recuerdo el meme exacto. Una tipografía blanca sobre fondo negro, un chiste sobre responder «jaja no pasa nada» cuando algo sí había pasado, y sí importaba. Lo vi a las dos de la madrugada, sin poder dormir, con esa luz azul de pantalla que ya conozco de memoria. Me reí, sola, en la cama. Y un segundo después sentí algo parecido a que me hubieran quitado el aire: acababan de describirme con una precisión que ni yo misma me había dado nunca. No fue una sesión de terapia la que me lo señaló primero. Fue un desconocido con mala tipografía, en algún rincón de internet, que sin saberlo escribió sobre mí.