Tras Barbarian, muchos esperaban que Cregger repitiera la fórmula: casa, secreto, monstruo. En Weapons el horror no está encerrado en un sótano, sino dentro de cada personaje. El espacio cerrado da paso a un mosaico de vidas que se cruzan y se rompen, donde el miedo no viene de lo que acecha, sino de lo que ya habita en nosotros. La película avanza como un rompecabezas emocional: cada fragmento revela una forma distinta de violencia —física, social, afectiva y, sobre todo, interna—. Los personajes no luchan contra un asesino, sino contra sus propias pulsiones, el peso del silencio y el deseo de redención.
Crónica de una noche con el colectivo Jokkoo
Llego a la sala sin saber muy bien qué esperar, y esa es probablemente la mejor forma de llegar a un evento de Jokkoo. El colectivo —nacido hace seis años en Barcelona, formado por Baba Sy, Maguette Dieng, Oscar Taylor, Nicolas Beliot, Ismäel N’diaye y Miriam Camara— no monta un concierto convencional. Monta un cruce: entre el club y la investigación sonora, entre el continente africano y su diáspora, entre lo festivo y lo político.
De día quiero al Raval con una intensidad que no sé explicarle a nadie que no viva aquí. Es el barrio más vivo que conozco: la luz entra distinto entre los edificios apretados, la ropa tendida cuelga de balcón a balcón como banderas de un país que no existe en ningún mapa, y los árboles frente a mi ventana se mecen igual que se mecían los de mi calle, en mi tierra, hace ya varios años. Llegué aquí siendo migrante, y sentí algo parecido a reconocerme: un barrio hecho, literalmente, de gente que vino de otro lado. Con el tiempo, el barrio me fue dando sus propios imprescindibles, los que uso de verdad, no los que recomendaría a alguien de paso.
Tras Barbarian, muchos esperaban que Cregger repitiera la fórmula: casa, secreto, monstruo. En Weapons el horror no está encerrado en un sótano, sino dentro de cada personaje. El espacio cerrado da paso a un mosaico de vidas que se cruzan y se rompen, donde el miedo no viene de lo que acecha, sino de lo que ya habita en nosotros. La película avanza como un rompecabezas emocional: cada fragmento revela una forma distinta de violencia —física, social, afectiva y, sobre todo, interna—. Los personajes no luchan contra un asesino, sino contra sus propias pulsiones, el peso del silencio y el deseo de redención.
Susanna Kaysen tenía dieciocho años cuando un psiquiatra al que apenas conocía decidió, tras una sola sesión, que debía ingresar en el Hospital McLean de Massachusetts. Corría 1967. Pasaría ahí los siguientes dieciocho meses. Décadas después, convertiría esa experiencia en Inocencia interrumpida, uno de los relatos en primera persona sobre enfermedad mental más leídos de la literatura estadounidense —y uno de los ejemplos más incómodos de cuánto puede pesar una etiqueta que, técnicamente, todavía no existía del todo.
Recuerdo el meme exacto. Una tipografía blanca sobre fondo negro, un chiste sobre responder «jaja no pasa nada» cuando algo sí había pasado, y sí importaba. Lo vi a las dos de la madrugada, sin poder dormir, con esa luz azul de pantalla que ya conozco de memoria. Me reí, sola, en la cama. Y un segundo después sentí algo parecido a que me hubieran quitado el aire: acababan de describirme con una precisión que ni yo misma me había dado nunca. No fue una sesión de terapia la que me lo señaló primero. Fue un desconocido con mala tipografía, en algún rincón de internet, que sin saberlo escribió sobre mí.
Crónica de una noche con el colectivo Jokkoo
Llego a la sala sin saber muy bien qué esperar, y esa es probablemente la mejor forma de llegar a un evento de Jokkoo. El colectivo —nacido hace seis años en Barcelona, formado por Baba Sy, Maguette Dieng, Oscar Taylor, Nicolas Beliot, Ismäel N’diaye y Miriam Camara— no monta un concierto convencional. Monta un cruce: entre el club y la investigación sonora, entre el continente africano y su diáspora, entre lo festivo y lo político.
Hay bandas sonoras que se componen mirando la película fotograma a fotograma, ajustando cada nota al gesto exacto de un actor. Y luego está lo que hizo Jerskin Fendrix con Bugonia